En Colombia, el sistema de salud venia presentando fallas, inequidades y retos estructurales que exigían ajustes en especial en la corrupción que tenía una puerta abierta en el sistema. Pero este gobierno de Petro no entendió que debió reformar con responsabilidad y opto por desmontar sin tener claro cómo sostener lo que funcionaba.
En lugar de construir sobre lo construido, Petro se dedicó a confrontar lo existente y a pelear con las EPS, que durante años habían sido el eje de articulación entre pacientes, clínicas y hospitales, las debilito progresivamente, generando incertidumbre en la prestación de servicios donde lo único cierto era que millones de colombianos dependen de ese sistema para acceder a tratamientos, medicamentos y atención oportuna.
El resultado de esta incertidumbre ya se siente en la vida real. Retrasos en la entrega de medicamentos, dificultades para acceder a citas con especialistas y una creciente congestión en la red hospitalaria son señales de un sistema que perdió capacidad de respuesta. No es un problema de ideología, es un problema que afecta directamente a los pacientes.
El Gobierno ha insistido en un modelo más centralizado, donde el Estado asume un rol predominante en la administración de los recursos, sin embargo, no ha logrado explicar con precisión cómo garantizará eficiencia, cobertura y calidad en un sistema mucho más complejo de operar desde lo público, razón por la cual la reforma nunca ha logrado salir victoriosa del congreso.
La salud no admite improvisaciones. Requiere planeación, continuidad y, sobre todo, responsabilidad en la transición. Cambiar las reglas del juego sin tener completamente estructurado el modelo de reemplazo genera riesgos innecesarios para millones de colombianos, los maestros lo sufrieron, experimentaron con su EPS y el resultado fue marchas en contra de los cambios efectuados por este indolente gobierno.
El debate se ha manejado más desde la narrativa política y ha dejado de lado la evidencia técnica. Se ha planteado una dicotomía simplista entre “lo público” y “lo privado”, cuando en realidad el sistema de salud colombiano ha funcionado como un modelo mixto que ha permitido ampliar cobertura y mejorar indicadores en las últimas décadas. El sistema iba avanzando pero ahora esta en el retroceso mas grande de su historia.
Hoy, el país enfrenta una situación compleja: un sistema en transición, con actores debilitados y sin una hoja de ruta completamente clara. Y en medio de ese escenario, los más afectados no son las instituciones, sino los ciudadanos.
La discusión sobre la salud debería centrarse en cómo mejorar lo que existe, no en destruirlo por razones ideológicas. Colombia necesita una reforma, sí, pero una que parta de la realidad, que corrija fallas y que garantice continuidad en la atención.
Porque al final, la salud no es un escenario de disputa política. Es un servicio esencial donde cada decisión tiene consecuencias reales en la vida de las personas.
Y en este caso, el riesgo de equivocarse no se mide en jaques,
se mide en vidas.

Deja un comentario